| Tengo una
vecina que me vuelve loco. Desde que supe de su existencia vivo sin vivir
en mí.
En invierno
y otoño protege sus carnes con mallas ajustadas que realzan sus
ya de por si macizas formas. En primavera se atreve pronto con las minifaldas
alborotadoras y en verano, ay, se arroja a tomar el sol en su bendito jardín,
casi como el creador la trajo al mundo, ahora con el bikini amarillo chillón,
ahora con el marroncito estampado... Estudia economía, ha sido chica
go-go de diversas discotecas e incluso quedó finalista en varios
certamenes de belleza. Todo esto lo sé por su hermana pequeña,
Marta, una pizpireta chiquilla que en lugar de haber heredado las espléndidas
cachas de su consanguínea, parece haberse apoderado de las portentosas
napias de su querido padre. Luisa, que así se llama mi vecina, me
recogió un día con su coche, camino de la parada del bus.
Le conté que leía comics, que jugaba un poco al rol, que
mi vida era la informática, que mi familia me maltrata psíquicamente,
en fin, mi vida, mientras imaginaba fugazmente para mis adentros la manera
de parar parar aquel vehículo en cualquier rincón de la carretera
y conseguir que me chantajeara obligándome a perpetrar todo tipo
de tropelías sexuales en su impenetrable cuerpo, a cambio de no
dejarme tirado en esa recóndita carretera. No pasó nada,
claro. Ahora tiene un novio culturista responsable, estudiante, trabajador...
con futuro, vamos. yo me limito a esperar al verano y mostrársela
a mis amigos a traves de la ventana de mi cuarto, a filmarla con el video
Sony de mis ascendientes, a apartar las cortinas del salón para
ver como friega la terraza de su casa (pura lascivia en movimiento)...
O eso, o que la hermana crezca, conozca las maravillas de la extirpación
quirúrgica y acabe viendo en mí la figura de su primer amor
juvenil, entregándose en una pasión devoradora total. Cosas
más increibles se han visto... |